Procesamiento sensorial y calma en la infancia

El universo de los sentidos: comprender la integración sensorial

Para entender de verdad a un niño o niña con autismo, es fundamental adentrarnos en su forma de percibir el entorno. Nosotros filtramos de manera automática los estímulos cotidianos —el zumbido de una nevera, la textura de una etiqueta de ropa o el murmullo de una clase—. Sin embargo, en el TEA, el sistema nervioso procesa esta información de un modo completamente distinto, lo que puede convertir situaciones ordinarias en auténticos desafíos sensoriales.

Cuando el cerebro recibe los estímulos sin filtro

La integración sensorial es el proceso mediante el cual el sistema nervioso recopila la información a través de los sentidos, la organiza y emite una respuesta adecuada. En el espectro autista, este mecanismo puede presentar dos realidades muy intensas: la hipersensibilidad, donde cualquier estímulo resulta abrumador y doloroso, o la hiposensibilidad, donde el cuerpo busca activamente estímulos fuertes para registrar sensaciones en su interior.

"Lo que para nosotros es un simple sonido ambiente o una caricia cariñosa, para el sistema nervioso del menor puede sentirse como una agresión insoportable o una señal confusa."

Las diferentes formas en que se manifiesta la sensibilidad

Comprender estas diferencias nos ayuda a descifrar conductas que a menudo se malinterpretan como caprichos o rabietas:

1. El canal auditivo y visual: Un ruido cotidiano como la batidora o el timbre de un colegio puede experimentarse con la potencia de un trueno cercano, obligando al niño a taparse los oídos o a huir en busca de refugio.

2. Las texturas y el tacto: Ciertas costuras en la ropa, etiquetas o alimentos con texturas concretas pueden desencadenar un rechazo físico visceral debido a una extrema sensibilidad en la piel.

3. La búsqueda de movimiento: En contraposición, algunos niños necesitan balancearse, correr o presionar objetos con fuerza para calmar su sistema vestibular y propioceptivo, encontrando en el movimiento un ancla de estabilidad.

Adaptar el entorno para cuidar su sistema nervioso

Cuando dejamos de juzgar su reacción y empezamos a observar qué le satura, podemos anticiparnos y transformar el espacio. Reducir la contaminación lumínica o acústica, ofrecer ropa cómoda sin etiquetas o proporcionar espacios de descompresión sensorial son gestos sencillos que devuelven la paz al menor y facilitan una convivencia mucho más amable y conectada.

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